Llegué a la residencia siguiendo un impulso intuitivo más que una certeza.
Estuve 43 días, 30 planificados y 13 más por la cuarentena pandémica.
Necesité otros 34 días para digerir parcialmente lo que engullí: Lecturas vitales y a la vez oxidables con el paso del tiempo.
“Oxidable”: huella de envejecimiento, roña inimitable, encanto de lo viejo, pátina del tiempo. Lo que da cuerpo a la unión entre arte y naturaleza, disparador inicial de mi viaje conceptual.
El “Tiempo”, con todas sus acepciones, fue una constante en mi proceso. A través de retrospectivas, me pensé en el presente (hoy ya pasado), lo cual servirá como cimiento para mi futuro. En cierto sentido, fue un intento por apropiarme del tiempo como una especie de material artístico.
Este transcurso también fue caótico como cualquier proceso de aprendizaje profundo, un prólogo a un nuevo mundo de metas inconclusas e incertezas vivas que agradezco haber leído.
Joaquín Páez

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